Saturday, November 1, 2008

de la Cruzada

A la hora de estudiar los hechos de la Cruzada, podemos recurrir a las crónicas de tres autores principales:

  • Pierre Vaux de Cernay : Autor de Petri Vallium Sarnaii Monachy Hystoria Albigensis o Historia de los Albigenses, y sobrino de Guy Vaux-de-Cernay, futuro obispo de Carcassonne, siguió a su tío en los hechos de la Cruzada actuando como si fuera un «corresponsal de guerra»; a pesar de sus comentarios apologéticos y de tener una posición muy subjetiva, su minuciosa relación de los hechos hace que sea una imprescindible fuente de consulta para el estudio de la Cruzada.

  • Guillem de Tudela : Escribió La Cançó de la Croada albigesa en lengua provenzal, aunque, según parece, sólo escribió la primera parte que llega hasta la batalla de Muret en los inicios de 1.213; la continuación de la canción es obra de un autor anónimo; originario de la población navarresa de Tudela, se trasladó al Languedoc a finales del siglo XII, momento en que lo encontramos ejerciendo de Canónigo en San Antonio de Toulouse; aunque no se opuso a la Cruzada, el hecho de vivir en Toulouse hizo que tuviera sus simpatías con los occitanos, y eso facilitó que diera una visión bastante objetiva a sus escritos; el hecho de estar escrita en verso podría indicar que estaba destinada más a ser oída que a ser leída. La parte de la canción hecha por un autor anónimo está mejor escrita y corresponde una visión más parcial de los hechos.

  • ...«es la obra de un hombre comprometido con su país, que lamenta la catástrofe que invade el Languedoc y que no deja de hablar de los Cruzados. Una aportación importante, ya que representa el punto de vista tolosano, con ojos occitanos»...
    (Mestre en, p. 155)

  • Guillem de Puylaurens : Clérigo y notario de Folquet, obispo de Marseille, se mantuvo fiel al obispo, pero, como occitano, lamentaba los excesos cometidos contra los languedocianos. Su Crónica trata de los hechos que tuvieron lugar en los primeros tiempos de la Cruzada hasta la intervención de Felipe III el Atrevido en Foix.

  • Según nos cuentan las crónicas, el hecho que desencadenó la Cruzada fue la muerte violenta de Pere de Castellnau, el 15 de enero de 1.208. El día antes había mantenido una entrevista con Ramon VI de Toulouse ofreciéndole la retirada de la excomunión a cambio de su ayuda para erradicar la herejía del territorio. Al final, la reunión acabó sin el resultado esperado; Ramon VI vio como se le confirmaba excomunión, al mismo tiempo que despedía al séquito papal con unas palabras que mas tarde se revelarían premonitorias: «id con cuidado; allí donde vayáis, por tierra y por agua, no os perderé de vista». A la mañana siguiente, cerca de la población de San Geli, se disponían a cruzar el río cuándo fueron sorprendidos por unos caballeros tolosanos que se pusieron a discutir con ellos; de las palabras se llega a los hechos, y uno de los tolosanos hirió mortalmente a Pere de Castellnau.

    Cuando el papa Inocencio III lo supo, estuvo dos días sin hablar con nadie y empezó a mover los hilos posibles para vengar la muerte del legado papal. Envió cartas manifestando que «Otorgamos una indulgencia plenaria a todos los que lleven a cabo la venganza por la sangre inmolada del justo»; ordenó que se organizara una cruzada contra los Bons Homes y, para llevarlo a termino, convocó a los arzobispos de Narbonne, Arles, Embrun, Aix y Vienne, junto con los condes, barones, todos los caballeros de Francia, el Rey Felipe Augusto, el arzobispo de Tours, el abate de Citeaux,...; argumentaba que el hecho de haber atacado al legado papal era como si lo hubiesen atacado a él mismo y, de paso,a toda la Iglesia católica. El rey Felipe Augusto respondió que no estaba interesado en el caso, pero que no se oponía si sus barones querían ir a nivel personal. Frente a esta negativa, el papa declaró por su cuenta la Cruzada contra los albigenses acaudillada por Arnau Amalric, abate de Citeaux y nuevo legado papal. Los barones que participaban se comprometían a luchar un mínimo de cuarenta días a cambio de ver perdonadas todas sus deudas sin ningún tipo de interés, y de la promesa de obtener un botín de guerra. Las ventajas materiales eran las mismas que se podían obtener en una cruzada en Tierra Santa, pero sin los inconvenientes de un viaje tan largo y de los gastos que ello suponía.

    La primera víctima, si es que en este caso se puede hablar de víctima, fue Ramon VI, conde de Toulouse; amedrentado por el cariz que estaban tomando los acontecimientos, pidió clemencia al papa y que se le permitiera añadirse a los cruzados. Fue una ceremonia humillante para el conde que «tuvo lugar e 18 de junio de 1.209. El legado Milton, rodeado de la mayoría de obispos de la Provenza y del Languedoc, hizo presentar al culpable. Iba desnudo hasta la cintura, con una cuerda atada al cuello, y se presentó humilde e implorando perdón (...). El legado lo fue flagelando hasta que entraron en la iglesia. (...) Oyó de rodillas la larga lista de sus faltas y juró que haría penitencia» (Mencionado en Mestre en, p. 158)

    Croada

    Así empezó la Cruzada, con un ejercito formado por cerca de trescientos mil hombres (Niel), entre los cuales había flamencos, normandos, aquitanos, alemanes, etc; estos hombres estaban dirigidos por los arzobispos de Reims, Sens, Rouen, los obispos de Autun, Clermont, Nevers, Bayeux, Lissieux, Chartres, etc., el duque de Bourgogne, los condes de Nevers, Bar, Saint-Pol, etc; a la cabeza de esta tropa iban los nobles franceses con sus propios ejércitos seguidos de los sargentos, bajo los cuales estaban las tropas que hoy en día definiríamos como de infantería. A continuación estaban los mercenarios que luchaban con la esperanza de obtener los restos del botín dejados por los barones; finalmente, iba también el pueblo llano encargado del «que hoy llamaríamos la intendencia: las cajas con las armas, las armaduras, las tiendas, las cocinas; y un nutrido escuadrón de mujeres y jovencitas, lavadoras, bordadoras y... mujeres de la vida» (Mestre en, p. 159)

    Como dice Jesús Mestre, «Los preliminares de la Cruzada eran ya agua pasada: ahora iba a empezar una guerra sin ningún tipo de escrúpulos».

    Frente al cariz que estaban tomando los acontecimientos, Ramon Roger de Trencavel, vizconde de Carcassonne y de Béziers, con poco más de veinticinco años, fue a Montpéllier a dialogar con los cruzados; quería salvar sus tierras y a sus habitantes, pero no consiguió nada y comprendió que lo único que podía hacer era prepararse para resistir con todas sus fuerzas. De retorno a casa, pasó por Béziers y, reuniendo a los principales pueblerinos de la ciudad, les pidió que resistiesen que el iría a ayudarlos.

    Por su banda, los jefes de la Cruzada estaban muy interesados en poder resolver todo tan rápido como fuera posible, conscientes como eran de los famosos 40 días El 20 de julio de 1.209 salieron de Montpéllier, y el 22 el grueso del ejercito cruzado llegaba a la primera población importante de la zona: Béziers. Utilizando a los obispos como mediadores, comunicaron a los pueblerinos que tenían que entregar a los Bons Homes que habitaban en el pueblo; delante la negativa, los cruzados iniciaron los preparativos para llevar a termino un asedio con todas las de la ley; Béziers era una ciudad muy bien fortificada, y podría haber resistido durante mucho tiempo si no fuera por un hecho que cambió el curso de los acontecimientos. Cuando los cruzados estaban empezando a montar su campamento, de la ciudad salió una escuadra dispuesta a enfrentarse a los atacantes; la puerta se había dejado abierta para que esta escuadra pudiera entrar; así lo hicieron, pero los cruzados, que estaban al acecho, aprovecharon la ocasión y también penetraron en en la población; una vez dentro, masacraron a los habitantes, una acción que fue muy bien descrita por Guillem de Tudela cuando nos dice que:

    ...«los sacerdotes se revisten de sus ornamentos, hacen sonar las campanas como si tocasen a muertos (...) pero no pueden privar que los rivales entren en las iglesias. Nada puede proteger a nadie de la muerte, ni cruces ni altares (...) han degollado curas, mujeres, niños, de tal manera que no creo que ni uno se escapara. Mucho me temo que, ni el los tiempos de los árabes, se toleró una mortandad tan aterradora»...
    (Mestre a, p. 155)

    y continua diciendo:

    ...«los barones de Francia, clérigos, laicos, príncipes, convinieron que delante de cada castillo que asediasen y no se rindiera, en el momento de tomarlo, los habitantes fueran librados a espada y muertos; de esta forma no habría nadie que no quisiera rendirse, por el miedo que tendrían. Por esta y no otra razón fueron asesinados en masa los habitantes de Béziers»...
    (Mencionado en Mestre a, p. 164)

    en unos términos parecidos se expresa Fernand Niel cuando afirma que:

    ...«Siete mil personas son masacradas dentro de la iglesia de la Madeleine. A la masacre sigue el pillaje y, después, el incendio. El pueblo estuvo quemando durante dos días Nadie no pudo escapar. Herejes, católicos, mujeres, niños, todos fueron confundidos en esta gigantesca masacre, que recordaba los grandes días de las invasiones bárbaras»...
    (Niel, p. 77)

    En algún momento del asalto alguien preguntó Arnau Amalric como podrían distinguir a los Bons Homes de aquellos que no lo eran; fue entonces cuando el legado papal respondió la tristemente celebre sentencia que decía: «Matadlos a todos, que Dios ya reconocerá a los suyos»; los historiadores que han estudiado el tema no se posen de acuerdo sobre la autenticidad de estas palabras reproducidas por primera vez por parte de Cesari de Heisterbach, un monje alemán. Tanto si son ciertas como no, hay que tener presente Dom Vaissete, gran historiador de las tierras occitanas, no las niega, lo que ya es muy ilustrativo del verdadero alcance de la masacre. La consecuencia mas inmediata de este ataque fue que la ciudad de Béziers se vio obligada a librar la totalidad de los castillos y fortificaciones que había en el vizcondado; paralelamente a esto, los cruzados dirigieron sus pasos hacia Carcassonne donde se había refugiado Ramon Roger.

    Seis días después, los cruzados ya estaban a las puertas de Carcassonne, ciudad en la cual se habían refugiado un buen numero de señores con sus familias y servidumbre; esta vez no se trataba de un pequeño pueblo con hombres inexpertos y mal armados; sino al contrario, disponía de un recinto amurallado, el castillo condal y dos barbacanas unidas a la Citè, y una guarnición integrada por "ciudadanos experimentados, bravos caballeros y milicias comunales bien armadas y disciplinadas"; (Niel). Mientras Ramon Roger, vizconde de Trencavel, se había afanado en reparar las fortificaciones de la villa y en acumular provisiones. Los cruzados se apoderaron enseguida de la primera barbacana, pero la segunda ya les costó un poco mas; intentaron atacarla con torres rodantes, pero los defensores conseguían prenderles fuego; al final, un trozo de la muralla se cayó abajo gracias al trabajo de zapa hecha en sus cimientos, lo que permitió la entrada a los cruzados; después de unos combates feroces consiguieron apoderarse de esta segunda barbacana; por la noche, los cruzados entraron en el faubourg y, como fue norma y costumbre en sus ataques posteriores, la incendiaron y masacraron a todos sus habitantes.

    Mientras, al rey catalán Pere I, al cual ya le habían llegado las noticias sobre estos hechos, llegó a Carcassonne con la intención de hablar con los cruzados para intentar conseguir una rendición honorable de Ramon Roger, vasallo suyo; los cruzados accedieron a dejar ir al vizconde con armas y bagajes, pero dejando al resto de los habitantes en la ciudad "a la discreción" de los cruzados; Ramon Roger sabia suficientemente bien cual seria el fin de los habitantes de Carcassonne si dejaba que se encargaran de ellos los cruzados, y manifestó que prefería que lo descuartizaran vivo antes que abandonar a uno solo de sus conciudadanos.

    Frente a la negativa del vizconde de aceptar las condiciones impuestas, los cruzados se preparan para mantener un asedio con todas las de la ley; en un principio , los asediados tuvieron numerosas perdidas y empezaron a impacientarse y a desmoralizarse; ya estaban a punto de levantar el asedio, cuando tuvieron un gran golpe de suerte: El calor del mes de agosto empezó ha hacer estragos, junto con la falta de agua. Frente esta falta de agua, los defensores comprendieron que no les quedaba mas alternativa que la rendición; entonces Ramon Roger bajó al campo de batalla para parlamentar y tratar los términos de la rendición; en detrimento de las normas de caballería, fue hecho preso el 15 de agosto y la ciudad capituló; todos sus habitantes salvaron la vida, pero al precio de dejar todos sus bienes. Después de la victoria, Arnau Amalric reunió en asamblea a los jefes de la Cruzada para repartir los bienes del vizconde Trencavel; ninguno de los barones franceses lo aceptó, argumentando que ya tenían suficientes tierras, no querían desnudar a nadie ni querían deshonrarse aceptando aquellas tierras. El hecho que el vizconde hubiera hecho sido prisionero víctima de una traición, estaba en total contradicción con su espíritu de caballeros, ya que habían venido a luchar contra los Bons Homes y no para desplumar a los señores medievales. Sólo uno aceptó: Simó de Montfort, conde de Leicester (Inglaterra), que mas tarde fue vizconde de Béziers y Carcassonne. Era valeroso, con alma de conquistador, pero también cruel y ambicioso; hijo de Simó de Montfort-l'Amaury y de Amícia de Leicester, fue el mejor aliado que podía haber encontrado la Iglesia católica.

    Poco a poco, los barones franceses fueron volviendo a casa, ya que habían cumplido con la cuarentena, habían ganado unas indulgencias y la parte que les correspondía del botín.

    Simó de Montfort, es un personaje que no deja indiferente; para los catalanes o occitanos siempre ha sido una especie de hombre del saco, una mala bestia, el hombre malo en contraposición a Pere I, el hombre bueno. Los historiadores que lo han estudiado, con una mayor o menor objetividad, siempre han tenido de el una mala imagen. Un punto en común entre todos ellos , es que coinciden en destacar su extrema crueldad; este aspecto se ve claramente reforzado por el hecho de que su nombre aparece en todas las crónicas que hablan de martirios, descuartizamientos, asesinatos... De él se destaca una falta de diplomacia y tacto en sus relaciones, una crueldad ilimitada y un odio encarnizado hacia el Languedoc y todo lo que tuviera un cierto olor a occitano, junto con una profunda religiosidad y una fidelidad a toda prueba hacia su esposa Alicia de Montmorency.

    Simó de Montfort se encontró con el rechazo frontal de los faidits occitanos después de la desaparición de Ramon Roger, el joven vizconde de Trencavel muerto por disentería en la prisión de Carcassonne, Aunque muchos no creyeran la versión oficial y pensasen más en una muerte violenta. Frente al panorama que tenia delante, Simó pidió ayuda a los nobles de la región de Ille-de-France, y la primera que recibió vino de su esposa que había podido reunir unos cuantos caballeros; cuando tuvo las tropas bien frescas y a punto para una nueva cuarentena, se dispuso a re emprender los ataques de la Cruzada. Conquisto Alzonne y Bram, ciudad esta última en la llevo a termino la carnicería de de dejar cerca de un centenar de personas ciegas y mutiladas y las envió a Caraman para dar ejemplo entre la población «catara».

    Corría el año 1.210 y Simó fue conquistando castillo tras castillo, hasta que con la ayuda de los narboneses el 22 de julio se apoderó de la plaza de Minerve. La población estaba bien protegida por unas gargantas muy profundas y por una buena guarnición a las ordenes de Guillem de Minerve; los defensores de la villa se proveían de agua por un pasadizo cubierto que llevaba hasta el fondo de la garganta; durante el asedio, los atacantes instalaron numerosas catapultas que lanzaban grandes piedras encima la población, una de les cuales derribó el pasadizo comentado anteriormente; la consecuencia fue nefasta y se reprodujo el drama de Carcassonne; la falta de agua hizo que Guillem de Minerve capitulasen; la población pudo salvar la vida y los Bons Homes que renegasen de su fe, también; pero la gran mayoría de ellos no lo hizo y cerca de ciento cincuenta acabaron en la hoguera, la toma de Carcassonne y la de Minerve facilitaron la posterior conquista de los castillos de Limoux, Montréal, Fanjeaux, Castres, Lombers, Pamiers, Saverdun, Albí...

    El 15 de agosto, en la zona sólo quedaban un par de núcleos de resistencia realmente importantes: Termes y Cabaret. El primero cayó el 23 de noviembre, mientras que el de Cabaret aguantó hasta el 12 de marzo de 1.211. El de Termes era un castillo muy bien fortificado. Tal y como explica Pierre de Vaux-Cernay, un cronista de la época y simpatizante del bando de los cruzados, «Este castillo (el de Termes) estaba edificado en el territorio de Narbonne, y a una distancia de 5 lieues de Carcassonne; su visión inspiraba una fuerza maravillosa e increíble, aunque (...) podría parecer absolutamente inexpugnable, ya que estaba situado en la cima de una montaña muy alta, encima de una gran roca tallada a pico, rodeada en todo su perímetro de precipicios muy profundos e inaccesibles, por los cuales circulaba el agua que la rodeaba por todos lados. Además, estos valles estaban cegnies por unas rocas tan enormes e (...) inabordables, de tal forma que si alguien quería acercarse al castillo, primero debía precipitarse en el abismo; a continuación, digamoslo así, subir hacia el cielo» (Mencionado en Niel, p. 84). La fortaleza estaba protegida por veinte caballeros y unos quinientos soldados catalanes a las ordenes de Ramon de Termes; además, tenían un experto en la fabricación y utilización de catapultas con las que anulaban las acciones de los cruzados; poco a poco, las tropas atacantes empezaron a desmoralizarse y algunos de ellos desertaron; frente al panorama, los obispos de Dreux y de Beauvais dijeron a Simó de Montfort que se volvían a casa; según nos cuentan las crónicas, solo la acción del jefe de la cruzada que, arrodillado a sus pies, les pidió que se quedasen los hizo cambiar de opinión. Una vez mas, el calor hizo vaciar las cisternas del castillo, lo que provocó que Ramon de Termes capitulara; pidió un día para preparar la evacuación del castillo, pero por la noche una lluvia torrencial volvió a llenar las cisternas; eso dio nuevos ánimos a los defensores que, cuando los cruzados se presentaron a las puertas de la fortaleza para apoderarse de ella, fueron recibidos con una auténtica lluvia de flechas; al final, el 23 de noviembre se dieron cuenta de que en el castillo no se veía a nadie; cuando entraron, se encontraron con un panorama frustante: el castillo había sido abandonado la noche anterior ya que, cuando las cisternas estaban vacías, algunas ratas habían ido a parar en ellas y al morir estas pudrieron el agua que había caído durante la lluvia torrencial; esto había provocado la muerte por disentería de buena parte de la guarnición; solo así los cruzados pudieron apoderarse de la fortaleza dominante de la zona de les Corbières: el castillo de Termes.

    Conquistados estos dos castillos, solo quedaba uno en la zona, pero no tan importante como los otros dos: Lavaur; animado por el éxito alcanzado en Minerve, Simó de Montfort quiso dar un salto adelante y atacar las plazas de Toulouse y Foix, pero antes le hacia falta conquistar el castillo de Lavaur para que le hiciera de cabeza de puente; el castillo estaba dirigido por Dama Girauda, la cual lo había convertido en un asilo o refugio para los Bons Homes protegido por su hermano Amalric de Montréal y una guarnición de ochenta caballeros. El asedio de Lavaur marca un punto muy importante en la lucha occitana contra los ataques y la represión por parte de los cruzados: es el inicio de la lucha en coalición de Ramon VI conde de Toulouse y Roger Bernat conde de Foix; Simó de Montfort se presenta a los pies del castillo con un cuerpo formado por cerca de seis mil cruzados de origen alemán; una vez los atacantes consiguieron abrir una brecha en la muralla, los cruzados entraron en el castillo y conquistaron esta fortaleza; cuando entraron en la villa, los que se autodenominaban defensores de la fe católica una vez mas llevaron a cabo una verdadera carnicería: cuatrocientos Bons Homes acabaron en la hoguera, Dama Girauda fue lanzada a un pozo y cubierta de piedras (* Lavaur al "Directorio de poblaciones"), y su hermano Amalric junto con un grupo de caballeros (ochenta según Guillem de Tudela, y veinticuatro según Vaux de Cernay); fueron degollados; con la caída de Lavaur, Simó de Montfort se había apoderado de todos los dominios del vizconde de Trencavel; los Bons Homes y perfectos que habían podido sobrevivir a todas estas carnicerías se refugiaron en las tierras del conde de Toulouse.

    Con todo esto, Ramon VI, que estaba prisionero en Carcassonne cuando esta población capituló, volvió a Toulouse; como que por parte de la curia romana no se fiaban demasiado, lo amenazaron con la excomunión si no eliminaba de raíz la Iglesia de los Bons Homes; parece que estas amenazas estaban en relación directa con las victorias de los cruzados. Para tratar de arreglar la situación, en enero de 1.211 se convocó un concilio en la ciudad de Narbonne con la asistencia de Simó de Montfort y Ramon VI. Simó le ofreció los castillos que había quitado a los faidits a cambio del soporte de Ramon en la lucha contra la herejía; como que esto suponía enfrentarse a los suyos, Ramon se negó. El 22 de enero llegó Pere I y consiguió una tregua para el conde de Toulouse, y el rey catalán fue con sus tropas a las tierras de Ramon VI para velar el cumplimiento de las ordenes papales.

    Como prueba de buena voluntad, Pere I invitó a los participantes del concilio que fuesen a su casa de Montpellier para continuar dialogando los temas que se habían hablado en Narbonne; para demostrar las buenas intenciones, aceptó la propuesta de Simó de Montfort de casar a su hija Amícia con el hijo del rey catalán, el futuro Jaume I. La reunión acabó sin obtener el resultado esperado; el conde de Toulouse se marchó enojado por las condiciones impuestas y por la excomunión que le habían otorgado, junto con la prohibición de celebrar misa en sus tierras. Tal y como nos cuenta Guillem de Tudela, las condiciones eran muy duras:

    ...«deponer armas y soldados; desmantelar castillos y fortalezas; librar a los cruzados todos aquellos súbditos que le fueran pedidos; paso franco para las tropas de Simó de Montfort; estar atento a la voluntad del rey de Francia; ir a Palestina a combatir los fieles hasta que los cruzados dijesen basta. En realidad, parece que el concilio quería cargarse al conde de una manera o de otra: o bien haciéndole aceptar las condiciones o si no, con la negativa en la mano, espavilarse y expulsar al más poderoso señor occitano de sus tierras»...
    (Mestre en, p. 178)

    Los nobles tolosanos dieron su soporte a Ramon VI, y aún que no lo hicieran abiertamente, el conde de Toulouse sabia que podía contar con ellos. Esto es lo que ocurrió con el Casal de Foix y el de Comminges; muchos nobles, así lo afirmaban, luchaban contra los franceses, y entre estos nobles también había algunos de católicos no «contaminados» por las creencias de los Bons Homes

    Mientras esperaba la confirmación papal de la excomunión de Ramon VI, Simó de Montfort fue conquistando diversos castillos y poblaciones del territorio tolosano como Puylaurens, Montferrand, Cassés...; corría el mes de junio de 1.211 y los cruzados querían dar el golpe de gracia apoderándose de la ciudad de Toulouse y asediando a la población; cuando los habitantes preguntaron porque se les atacaba, Folquet les respondió que «estáis reconociendo al conde como vuestro señor, ya que aceptáis su presencia en la ciudad»; la respuesta de los habitantes fue que con el señor habían hecho un juramento de fidelidad y no pensaban romperlo. Esta respuesta fue el motivo para que los cruzados iniciasen el asedio de Toulouse.

    Cuando las tropas se encontraron frente a las murallas se dieron cuenta de la consistencia de sus muros y que, todo y los intentos por dividirlos, el conde y los habitantes formaban una piña. Simó decidió alzar el asedio y atacar las tierras del conde de Foix, a causa del apoyo que había dado al de Toulouse, con su presencia personal dentro la ciudad asediada. Al dejar la ciudad de Toulouse, Simó quemó Altarriba, amedrentó Pàmies y cercanías, arrasó Foix, pero no consiguió conquistar el castillo y volvió a su campamento de Carcassonne. Los tolosanos pidieron ayuda a Pere I, el cual envió Gastó VI, vizconde de Béarn. Por el mes de septiembre, un ejercito formado por Gastó, Ramon VI y los condes de Foix y Comminges se puso en marcha; llegaron hasta Castelnaudary y probaron de asediar la población, pero frente al fracaso dieron media vuelta y se marcharon.

    Ahora, en el verano de 1.211, la guerra iniciada contra los albigenses hizo un giro de 180º y, de tener al principio una motivación eminentemente religiosa, a partir de este momento sus acciones es dieron a termino basadas en motivos eminentemente políticos; fue la lucha del Norte contra el Languedoc, y la posibilidad de Felipe August de Francia de expandir sus dominios con un coste muy reducido. paralelamente, cada vez eran más claras y más acusadas las ambiciones de Simó de Montfort, y esto motivó la ansiedad de Pere I de Cataluña y que el papa suspendiese momentáneamente la cruzada. Por estas fechas tuvo lugar un hecho que no gustó nada al jefe de la cruzada: fue el auto nombramiento de duque de Narbonne por parte de Arnau Amalric.

    En este momento, había una diferencia notable entre los dos bandos; esta creía en el hecho que la famosa cuarentena hacia que los cruzados siempre tuvieran tropas de refresco a punto para la lucha. Poco después del fracaso del asedio de Castelnaudary, Simó recibió nuevas tropas, y por la Navidad de 1.211 su hermano Guiu de Montfort. Durante el año 1.212, Simó fue conquistando progresivamente numerosas poblaciones del condado de Toulouse (Agen, Castelsarrassin, Moissac, Saint-Gaudens, Rena d'Agenès, Pena d'Albigeois, etc.) hasta llegar el 1 de noviembre a una situación en la que solo quedaban dos poblaciones fieles a los occitanos: Toulouse y Montauban.

    Como que el frío invierno se acercaba, y iba un poco más escaso de tropas, a finales de 1.212 se retiró a Pàmies para organizar un simulacro de comisión que respondía a los designios y ordenes de Simó de Montfort, y estaba formada por dos obispos franceses y dos locales, cuatro caballeros franceses y cuatro laicos locales; de estos últimos, dos eran caballeros y dos burgueses. Entre las decisiones de esta falsa comisión podríamos resaltar las siguientes:

  • Distribución entre los compañeros de batalla de los castillos y señoríos conquistados, los cuales tendrían que permanecer bajo la autoridad de Simó.

  • La defensa del territorio se confiaba a tropas francesas por un periodo mínimo de veinte años.

  • Las viudas y herederas con castillos que quisieran casarse tenían que pedir autorización a Simó, siempre y cuando el futuro marido no fuera francés.

  • El verdadero trasfondo de esta comisión queda muy clara en las palabras de Zoé Oldenbourg cuando dice que «Montfort trata de establecer una verdadera empresa de colonización del país conquistado, con la eliminación progresiva de la nobleza local y el reemplazo por una nobleza venida de Francia)» (Mencionado en Mestre a, p. 181).

    CroadaFrente al peligro inminente, el conde de Toulouse pide ayuda al rey Pere I, el cual llega a la ciudad a principios de 1.213. A propuesta suya, se convoca una reunión en Lavaur con la asistencia del propio Pere I, Simó de Montfort, el arzobispo de Narbonne (Arnau Amalric) y una veintena de obispos. En un acto conciliador, pidió que se devolviesen las tierras y propiedades y que se le levantaran las penas a Ramon Roger y a Gastó, con la contrapartida que los dos afectados harían las promesas a la Iglesia. Frente a la demanda de una tregua de ocho días durante los cuales los Bons Homes no habían de recibir ningún daño, Simó contestó que «creo que no es hacer daño atacar a los enemigos de Cristo; mas es hacer una buena acción». No se sabe si enojado por la respuesta, o bien con la intención de crear un estado occitano, el caso es que Pere I tomó una decisión que marcó los acontecimientos que tenían que pasar en un futuro: recibió el juramento de fidelidad hecho por Ramon VI y su hijo previa ratificación de los cónsules de Toulouse, junto con el homenaje de los castillos de los señores de Foix, Béarn y Comminges; con esto, Pere I se convertía, prácticamente, en el soberano del Languedoc.

    Paralelamente a la reunión de Lavaur, Pere I había enviado al papa Inocencio III una carta en la que se le planteaba las mismas condiciones expuestas en la susodicha asamblea. No se sabe si agradecido por la campaña llevada a termino por el rey catalán contra los sarracenos, o bien porque se había dado cuenta de la verdadera importancia que estaban tomando los acontecimientos, el caso es que la respuesta del papa fue mejor del que cabía esperar; por un lado, ordenó que se restituyeran a los vasallos del rey las propiedades confiscadas y, por otro lado, lo que es mas importante, decidió que no animaría mas la lucha contra los Bons Homes con la dispensa de las indulgencias.

    Esta respuesta papal llegó cuando el concilio de Lavaur había terminando; al enterarse, los católicos, viendo que todo lo que habían conseguido se les podía ir abajo, contraatacaron y mandaron al papa una delegación presentándole su visión de los hechos hablando de Pere I como si se hubiera vendido a los «cátaros». La respuesta papal no se hizo esperar, y el 21 de mayo de 1.213 Inocencio III contestó a Pere I diciendole que vigilara con el tipo de personas que eran los tolosanos, ya que «muchos de ellos son herejes declarados, una gran parte creyentes, defensores de los herejes, de tal forma que los que el ejercito de Cristo ha obligado a abandonar sus residencias se han refugiado en Tolosa, como un estercolero lleno de errores, esperando la hora apropiada para salir de los pozos del abismo, como langostas del campo, a fin y efecto de extirpar la fe que de nuevo se había arraigado en estas regiones» (Mencionado en Mestre a, p. 184)

    Pere I recibió el 24 de julio de 1.213 en su corte dos abates que habían venido de Occitania para intentar convencer al rey que no diera soporte a la Iglesia de los Bons Homes; se los quito de encima enojado por el rumbo que había tomado la situación, ahora con el papa en su contra; el estado de animo en este momento era fácil de imaginar, pero lo que no se sabe es lo que motivó que Pere I reuniese a sus hombres de confianza, cruzara los Pirineos y el 8 de diciembre acampase a unos pocos km de la población de Muret.

    ...«Para los catalanes, Muret siempre ha sido un nombre mítico. Muchas veces, sin saber exactamente de que iba, pero cada uno de nosotros intuíamos, teníamos el presentimiento que algo pasó en Muret que de cerca o de lejos afectaba a nuestra historia nacional»...
    (Mestre a, p. 186)

    Una vez llegado a Muret, se le añadieron los condes de Comminges, el de Foix y Ramon VI. Como es natural, Simó de Montfort se enteró de todos estos movimientos; en este momento, Simó tenia unas fuerzas muy reducidas, ya que al acabar la cuarentena el grueso de su ejercito ya había vuelto a casa; para mirar de compensar una poco la diferencia de fuerzas, convocó a los obispos de Toulouse, Nîmes, Uzes, Lodéve, Agde y Béziers junto con los abates de Clairac, Vilamagna y Saint-Thibéry; no hace falta decir que a la cabeza de todos se encontraba Arnau Amalric, por aquellos tiempos arzobispo y duque de Narbonne, dos cargos que simultaneaba con el de legado papal.

    Aunque en un principio pueda sorprender un poco toda esta concentración eclesiástica en una situación bélica, parece ser que lo que pretendía Simó era ganar tiempo mientras obispos y abates dialogaban con Pere I; el quid de la cuestión residía en el hecho que las tropas aliadas eran mucho más numerosas que no las de los cruzados, los cuales estaban pendientes de que les llegasen refuerzos. Folquet de Marsella, obispo exiliado en Toulouse, pidió un salvoconducto para ir al campamento de Pere I y hablar con el; el rey no aceptó y le dijo que se volviera a Toulouse, argumentando que un obispo que viaja escoltado por un ejercito no necesitaba ningún salvoconducto. Como es de suponer, a Folquet la respuesta no le gusto nada, y le contestó que no tenia ninguna intención de volver a Toulouse, ya que «allí donde se destierra al señor, no puede entrar un servidor»; aquí, Folquet, se refería al hecho que la ciudad estaba dominada por la Iglesia de los Bons Homes, y que hasta que no se estableciera de nuevo la fe católica, el Señor (Dios) no volvería a la villa; hay que recordar que el era obispo y, por tanto, un servidor de Dios.

    En el bando de los cruzados, a medianoche, llegaron un grupo de guerreros comandados por el vizconde Corbell, el cual había respondido a la llamada que había hecho Alicia de Montmorency, esposa de Simó; en el campamento todos estaban en silencio, con un cierto respeto hacia el enemigo, en una actitud que contrastaba con el ambiente de fiesta que había entre los aliados, convencidos como estaban de su victoria. Por la mañana, los aliados se reunieron en consejo con Pere I; Ramon VI era partidario de la prudencia y creía que la mejor opción era atacar a los cruzados desde las trincheras, hacerlos retroceder hasta el castillo y asediarlos; esta propuesta fue tomada como de cobardía por parte de Miguel de Luèsia, un noble aragonés, el cual provocó que el conde de Toulouse se retirara enojado a su tienda.

    Con este ambiente, un poco enrarecido, Pere I decidió empezar a actuar sin esperar que le llegasen los refuerzos pedidos, entre los cuales estaban Nunyo Sanç y Gastó de Montcada. Dividió sus hombres en tres grupos; el primero formado por caballeros catalanes y aragoneses, estaba acaudillado por el conde de Foix; el segundo a las ordenes del propio rey; y el tercero, comandado por Ramon VI, se dejaba en la retaguardia y se utilizaría cuando se quisiera realizar una acometida fulgurante. Por su banda, Simó también dividió sus fuerzas en tres cuerpos: el primero de ellos, a las ordenes de Guillem de Contres y Guillem de Barres; el segundo, por Bouchard de Marly, y el tercero por el mismo.

    Aunque coincidiendo en la táctica inicial, las diferencias entre los dos bandos por lo que a su disposición en el campo de batalla se refiere eran muy manifiestas. los aliados no tenían un plan establecido y cada uno atacaba por su cuenta; así, cuando el primer cuerpo, a las ordenes del conde de Foix y su hijo Roger Bernat, se plantó frente a los franceses, topó con los cruzados distribuidos en dos cuerpos perfectamente formados. Cuando el rey vio que el primer cuerpo se encontraba con problemas, salió a ayudarlo; pero lo hizo, una vez mas, sin un plan establecido. Un de los tres cuerpos cruzados envistió a los aliados y perforó sus líneas introduciéndose como si fuera una cuña bien afilada; acto seguido, el grupo comandado por el propio Simó de Montfort "rodeando al enemigo con una hábil maniobra fendit bruscamente sobre su flanco y convirtió la desecha en una derrota completa" (Niel, p. 88).

    Entre los cruzados había dos caballeros, Alain de Roucy y Florent de Ville que habían jurado matar al rey; dicho y hecho; así que lo localizaron, lo rodearon y lo mataron; así fue el principio del fin; el conde de Toulouse desistió y se volvió a su casa; el soldado raso, lo que hoy se conoce como infantería, se fue hacia las barcas que había para salvarse huyendo por el río, y teniendo que luchar entre ellos para poder tener un sitio; los que no llegaron a tiempo fueron perseguidos por los cruzados y, si hacemos caso a la crónica de Guillem de Tudela, cortados a trozos. En el año 1.875, una gran crecida del río Garonne sacó cerca de la población de Saubens una gran cantidad de huesos humanos procedentes, con mucha probabilidad, de estas víctimas del campo de batalla.

    Según parece, uno de los factores que mas influyeron en el trágico desenlace de la batalla fue la falta de cohesión interna entre las tropas aliadas, mientras que entre los cruzados Simó de Montfort era un líder indiscutible y sus tropas estaban acostumbradas a luchar juntas; ha habido algunos autores que han querido ver en la retirada de Ramon VI a su tienda, después de la disputa antes comentada con Miguel de Luèsia, otro desencadenante importante; aunque, mínimamente, este hecho contribuyera a la derrota, a esta rabieta del conde de Toulouse no se le tiene que dar tanta importancia.

    La derrota de Muret tuvo un resultado mas futuro que no inmediato; esta batalla fue demasiado rápida como para provocar una auténtica destrucción de las fuerzas aliadas (las bajas de nobles y caballeros fue muy limitada); lo que sí que comportó fue el desánimo generalizado de los aliados, los cuales ya no volvieron a estar nunca mas unidos por un ideal común. Muret representó el inicio del proceso de unificación francesa (Belperron), el fin del sueño expansionista catalán en el Llenguadoc (Mestre), y la eliminación de Cataluña en tanto a potencia política (Oldenbourg). Otra consecuencia fácil de entender fue que a partir de este momento, los Bons Homes ya no tenían en el condado de Toulouse un refugio seguro en el que podían vivir en paz Según sus creencias. Con la derrota de Muret, el legado papal Pere de Benavent consiguió la sumisión de Narbonne, Toulouse, Foix, Comminges y el Rosselló; además, Ramon VI y su hijo, el futuro Ramon VII, tuvieron que partir al exilio, a la corte del rey de Inglaterra.

    Después de la derrota de Muret, Simó de Montfort, nuevo vizconde de Béziers y Carcassonne, aprovechó la situación para ir consolidando posiciones; prácticamente no encontró oposición, motivo por el que, no es fácil llegar a comprender porqué no asedió la población que se consideraba la «joya de la Corona»: Toulouse. En este momento en que Ramon VI se encontraba exiliado en Inglaterra, los obispos católicos aprovecharon para negociar con los cónsules tolosanos. Folquet de Marsella llevó el peso de las negociaciones y, como que trató a los tolosanos con desdén y les pidió demasiado, al final el dialogo se acabó sin obtener nada.

    En este momento, Arnau Amalric era el legado papal, arzobispo de Narbonne y duque de esta ciudad por propia designación; esto topó con los deseos de Simó de Montfort, el cual también aspiraba a este cargo; era una situación un tanto tensa en la que tuvieron sus enfrentamientos verbales y, rápidamente, se pasó de las palabras a los hechos. Estas luchas entre narboneses escandalizaron a los obispos occitanos. Para tratar de arreglar la situación, el papa Inocencio III nombró a Pere de Benavent nuevo legado papal y, consecuentemente, nuevo jefe de la cruzada; este llegó a Narbonne en enero de 1.214 y, después de instalarse, consiguió que los dos rivales aceptasen una tregua. Esta situación de paz ofrecida por el nuevo legado papal hizo que un buen numero de personas volviesen, entre las cuales podríamos destacar a los condes de Foix y Comminges y, finalmente, el propio Ramon VI.

    Otra de las acciones llevadas a cabo por Pere de Benavent, obedeciendo los designios del papa, fue reclamar al futuro Jaume I, un niño de siete años escasos, hijo de Pere I y que estaba bajo la tutela de Simó de Monfort; se lo llevo al castillo templario de Monzón (Aragón), donde se encontró con su primo, el futuro conde de Provenza Ramon Berenguer V. La sustitución de Arnau Amalric por el nuevo legado papal Pere de Benavent fue un factor muy importante que contribuyó a la pacificación del país. Para que esta paz fuera completa, hacia falta restablecer a Ramon VI o nombrar a otro conde; por eso, llevo a termino una especie de encuesta para saber q quien se le otorgaría el cargo; unánimemente se decidió que fuera Simó de Montfort; a los obispos les faltó tiempo para investir al vizconde de Béziers, pero Pere de Benavent argumentó que hacia falta esperar la respuesta de Inocencio III. El papa estaba de acuerdo que la administración del territorio estuviera a cargo de Simó de Montfort, pero no veía con buenos ojos que lo hiciera con la categoría de rey o monarcha. Mientras, Folquet ya se había instalado en Toulouse... con una buena escolta militar ya que, aún habiendo una situación de paz, se mal fiaba de la acogida que le podía dispensar el pueblo llano. Con todo esto, tuvo lugar la llegada del príncipe Luís, rey de Francia, al Llenguadoc. Una vez consolidada su posición en el norte de Francia, el monarca quería expandirse por tierras occitanas. Las intenciones del rey francés quedaron claras cuando hizo su entrada triunfal en Toulouse con Simó de Montfort a un lado, y Folquet en el otro.

    Hacia el noviembre, el papa convocó el concilio de Laterán (Letran); por la banda católica había los obispos del Llenguadoc, Pere de Benavent y Guiu de Montfort, hermano de Simó; por otra banda había Ramon VI y su hijo el futuro Ramon VII, Ramon Roger de Foix y otros nobles occitanos. Como era de esperar no fue una batalla de flores y nadie se mordió la lengua. Según las crónicas de Guillem de Tudela, el conde de Foix salió en defensa del de Toulouse y describió a Simó de Montfort como el peor y mas sanguinario enemigo de los occitanos. Al mismo tiempo que, hablando de Folquet, lo situaba mas cerca del Anticristo que no de un mensajero de Roma. Este último, que no tenia pelos en la lengua y se caracterizaba por manifestar una gran incontinencia verbal, manifestó que «dar confianza a estos desgraciados que rodean al conde de Tolosa, y a el mismo, es cometer una gran injusticia con Simó de Montfort, e ir directamente al desastre» (Mencionado en Mestre en, p. 203); al papa no le gustaba nada el cariz que estaba tomando la situación, pero no va pudo hacer nada en favor de los occitanos; al final, y argumentando que el conde de Toulouse no había sido capaz de mantener su territorio libre de herejes, se dio «base legal» a las conquistas llevadas a cabo por los cruzados y astas fueron libradas a Simó de Montfort, el cual añadió el titulo de conde de Toulouse a los de conde de Leicester y vizconde de Béziers y Carcassonne; por parte occitana, Ramon VI fue desterrado de Toulouse y se le condenó a hacer penitencia; el conde de Foix, pero, fue mas afortunado y pudo mantener el castillo.

    Una vez nombrado señor de Toulouse, Simó de Montfort hechó abajo las murallas, hizo un foso alrededor del castillo reforzando todo el perímetro con estacas, y ordenó que se rebajasen las torres de las casas que había mas cerca del palacio condal; con todas estas acciones, Simó demostraba una vez mas que aunque había conquistado una ciudad no había podido hacer lo mismo con sus habitantes, ya que de otra forma no tendrían ningún sentido todas las precauciones defensivas que estaba tomando; al recibir la felicitación del rey de Francia, fue a verlo, lo que fue aprovechado por el monarca francés. para asegurarse su dominio en el Llenguadoc.

    Mientras pasaba todo esto, Ramon VI fue a Cataluña al mismo tiempo que su hijo de diecinueve años, el futuro conde Ramon VII, ayudado por gente de Tarascon y Avignon asediaba la fortaleza de Belcaire que estaba en manos de los cruzados; a pesar de la ayuda de Montfort en la resistencia, después de unos tres meses de asedio, la fortaleza cayó gracias a la empuje del joven conde y a los numerosos refuerzos que le iban llegando. Esta victoria fue muy importante, ya que llegó en un momento en que los ánimos estaban muy bajos, y sirvió de revulsivo para los occitanos. Cuando los tolosanos enteraron de la buena noticia, vieron que la victoria Bellcaire podía ser la primera etapa hasta conseguir «sacarse de encima al maldito Montfort».

    Cuando Simó llegó se encontró con una ciudad en revuelta; el jefe de la Cruzada reprimió los alboroto como solo el lo sabia hacer, ordenando a sus hombres que prendiesen fuego a la ciudad «hasta que toda entera quemase como un pajar». Los tolosanos se re hacen del susto inicial apagando el fuego y acorralando a Simó de Montfort y a sus soldados en el castillo. Al ver como se había girado la tortilla, Simó propuso una tregua bastante favorable a los tolosanos: el gobernaría la ciudad pero de acuerdo con los tolosanos; los ciudadanos, por su banda, tenían que librar las armas y volver a casa. Folquet y el abate Jordà (de San Serní) actuaron de pregoneros. Pero enseguida se dieron cuenta que todo esto era papel mojado, ya que, actuando como era costumbre entre Simó y compañía, enseguida:

    ...«acontece una doble traición, difícil de tragar por la buena fe de la gente de hoy día, pero típica de los tiempos medievales, de los momentos en que se vivía en Tolosa y de la mala "leche" que tenían tanto Folquet como Simó de Montfort (...). Cuando todos estaban desarmados, las tropas de Simó de Montfort ocuparon los sitios estratégicos, encarcelaron a los principales ciudadanos de Tolosa, llevaron al exilio a los rehenes, empezaron a derribar los edificios nobles de la ciudad con vesania singular, y si no acabaron por dejar la ciudad arrasada como la palma de la mano fue por los consejeros franceses, menos inclinados a la venganza ciega de Montfort, que hicieron ver a su jefe que era mucho mejor hacer pagar un fuerte impuesto y asegurar que se acabaría la destrucción.»...
    (Mestre en, p. 206)

    Una vez «pacificada» Toulouse, Simó de Montfort fue dando vueltas por el Llenguadoc tratando de evitar que Ramon VI cruzara el Pirineo y pudiera iniciar un proceso de reconquista del territorio. Entre los señores de los castillos renació un espíritu de librarse de los franceses, y entre el Llenguadoc y la Provença empezaba a notarse la influencia y el dominio de Ramon VII; esto a los cruzados no les hizo ni pizca de gracia, y después de ocupar los castillos de Pesquiers, Vauvert y Bernils degollaron a sus habitantes. Pero mientras estaba tan ocupado «haciendo amigos» entre los occitanos, tuvo que volver deprisa y corriendo a Toulouse, ya que recibió la noticia que los tolosanos habían pedido ayuda a Ramon VI y que este estaba de camino. El 12 de septiembre, Ramon VI, junto con el conde de Pallars y las tropas que lo acompañaban desde Gerri de la Sal, rindieron homenaje al rey Pere I en el mismo campo de batalla donde había muerto cuatro años antes; un día mas tarde, hizo su entrad triunfal en Toulouse donde fue aclamado por los ciudadanos. Guillem de Tudela, en su Cançó de la Croada nos hace una descripción muy gráfica de la entrada de Ramon VI a la que había sido su ciudad:

    ...«Amb llàgrimes de joia, ell és en la joia rebut,
    ja que la joia que retorna porta flors i salut.
    I cadascú diu a l'altre, Jesucrist ha vingut,
    vet aquí nostre señor que havíem perdut»...

    (Mencionado en Mestre a, p. 208)

    ...«Con lágrimas de jubilo, el es en el jubilo recibido,
    ya que el jubilo que vuelve trae flores y salud.
    Y cada uno dice al otro, Jesucristo ha venido,
    he aquí nuestro señor que habíamos perdido»...

    Cuando e 1 de octubre Simó llega a Toulouse, se inicia otro asedio a la ciudad; por una banda, tenia la ventaja que el mismo había hecho tirar las murallas tiempo atrás; pero había el inconveniente que las fuerzas atacantes eren muy reducidas, ya que la famosa cuarentena estaba llegando a su fin; Folquet y la propia condesa pidieron refuerzos a Felipe Augusto de Francia y al nuevo papa Honorio III, el cual mandó cartas a los responsables de cada uno de los bandos pidiendoles que pararan sus disputas; el resultado fue el mismo que si hubieran caído en un saco roto: nadie les hizo caso. A partir de este momento, cambió el sentido de la confrontación: antes se luchaba por la hegemonía de la fe católica, mientras que ahora se hacia por el predominio de las tierras occitanas.

    Hacia la primavera de 1.218, Simó de Montfort recibió el soporte de unas tropas francesas que habían acudido en su ayuda; y por Pascua granada fue Ramon VII quien se presentó a las puertas de la ciudad para ayudar a su padre Ramon VI. El 25 de junio de 1.218 se produjo un hecho de una importancia caudal, ya que, procedente de un ingenio de guerra utilizado por damas de la nobleza tolosana...

    ...«una piedra fue a parar directamente allí donde hacia falta y tocó Simó justo por encima de su yelmo, de manera que los ojos, el cerebro, los dientes, la frente y las barras le saltan a trozos y el conde cayó a tierra, muerte, sangrando y negro. (...)

    La alegría fue tan grande que toda la ciudad corría hacia las iglesias, encendía cirios en todos los candelabros, diciendo: Dios es misericordioso y ha hecho morir al conde, sin penitencia»...

    Guillem de Tudela. (Mencionado en Mestre a, p. 209)

    Se hace muy difícil valorar en su justa medida la verdadera personalidad de Simó de Montfort; para unos era un personaje con un gran ego y una falta absoluta de misericordia hacia los vencidos; para otros, era una especie de enviado para liberar al Llenguadoc de brujas y herejes; es por esto, que no nos podemos fiar demasiado de los textos de la época, ya que es imposible poder tener una idea íntimamente objetiva cuando estos textos que nos han llegado hasta nuestros días o bien son unos panegíricos, o bien son unas difamaciones.

    Una vez muerto Simó de Montfort, su hijo se puso al frente del ejercito y de la Cruzada; al desaparecer el líder indiscutible, el desánimo melló entre los cruzados, de tal forma que Amauric de Montfort se vio forzado a renunciar al asedio que en aquel momento se estaba llevando a termino contra la ciudad de Toulouse. Mientras, Folquet, la viuda de Simó y los obispos de Tarbes y Comminges fueron a ver a Felipe Augusto pidiendole que su hijo comandase la Cruzada; la primavera de 1.219, el monarca francés organizó un numeroso ejercito y lo puso a las ordenes de su hijo, pero con la condición que no dirigiese la Cruzada y que pasados los cuarenta días de rigor tenia que volver a casa; estas tropas de refuerzo se reunieron con Amauric y sus hombres en Limoges para ir hacia Toulouse; de camino, la población de Marmande tuvo la mala suerte de estar situada en medio de la ruta que seguían, y el nuevo ejercito, siguiendo la «moda» instaurada por Simó de Montfort, degolló cerca de cinco mil personas; ávidos de sangre, llegaron a Toulouse el 16 de junio de 1.219 para ayudar a los asaltantes; pero a principios de agosto, el príncipe Luís comunicó a las tropas católicas, que acabada la cuarentena, se tenia que volver a casa; al perder el soporte real francés, los cruzados tuvieron que levantar una vez mas el asedio de Toulouse.

    En agosto de 1.222, a los 65 años, murió en Toulouse, Ramon VI conocido por todos como el «conde viejo». Se murió con el corazón dividido entre su pueblo (mayoritariamente favorable a la Iglesia de los Bons Homes) y sus creencias (la religión católica); su hijo Ramon VII empezó a encadenar una serie de éxitos en las operaciones militares, lo que motivó una solicitud de tregua por parte de Amauric de Montfort; los cruzados decían que las conquistas se hacían para el rey de Francia, al mismo tiempo que Ramon VII afirmaba que el único conde de Toulouse valido era el y, después de pedir la protección del rey de Francia, se comprometió a casarse con la hija de Simó de Montfort.

    Poco a poco, todos los protagonistas de la cruzada contra los albigenses van desapareciendo: Simó de Montfort (25 de junio 1.218), Felipe Augusto de Francia (14 julio 1.223), Ramon Roger de Foix (abril 1.223) y Arnau Amalric (1.225); de todos ellos solo quedaba Folquet. El hijo de Felipe Augusto de Francia fue consagrado en Reims como Luís VIII rey de Francia. El nuevo monarca ya tenia demasiado trabajo en su reino como para preocuparse de los asuntos del Llenguadoc, y en enero de 1.224 rindió la población de Carcassonne a los señores locales. Paralelamente, Ramon Roger de Trencavel, hijo del anterior conde, recuperó su casal. Poco tiempo después, Arnau Amalric enviaba una carta a Luís VIII, nuevo monarca de Francia, en la que le decía que mientras los antiguos católicos se iban, los herejes ocupaban los lugares dejados por ellos. En un tira-y-afloja, cuando dominaban los cruzados los Bons Homes se ocultaban, y a medida que el Llenguadoc se iba liberando del jou cruzado estos volvían a surgir. En este ambiente de recuperación, en el año 1.225 según unos cronistas, o en el 1.226 según otros, en Pieusse, a medio camino entre Carcassonne y Limoux, tuvo lugar una gran concentración de perfectos con la asistencia, entre otros de Gilabert de Castres; como resultado de este concilio, se creó una nueva diócesis en la Iglesia de los Bons Homes: la del Rasés, a cargo de la cual se nominó a Benet de Termes.

    A partir de este momento, los Bons Homes vuelven a sentirse libres y a poder rehacer la estructura en la red de casas que tenían antes; los occitanos se dieron cuenta como los daños sufridos durante la cruzada habían sido provocados por fuerzas y motivos externos al Llenguadoc, y compadecían a los perseguidos.

    Amauric de Montfort renunció a sus derechos en el Llenguadoc en favor del rey de Francia Luís VIII (enero 1.222); de momento, el monarca esperaba que el papa Honorio III se definiera claramente antes de intervenir en el sur de Francia; corría el año 1.224, y Ramon VII pidió ayuda a Roma; consiguió que el papa pidieran a Luís VIII que apoyara un encuentro entre la Iglesia occitana católica y Ramon VII; este ultimo argumentaba que «estaba pagando las culpas de los otros», unas palabras que se podían interpretar como una clara referencia a su padre.

    Al final, entre julio y agosto de 1.224 tuvo ligar esta reunión entre obispos y señores occitanos; Ramon VII aceptaría las condiciones que le impusieran a cambio de que se le levantara la excomunión y que pudiera recuperar sus antiguos dominios: expulsión de los herejes de sus tierras, restitución de los bienes de las iglesias católicas, pago de 20.000 marcos a la familia Montfort a cambio que esta renunciase a «sus» territorios; en esta reunión, Ramon VII no estaba solo, tenia el soporte del conde de Foix; los obispos occitanos trataron de retrasar tanto como fuera posible que el papa recibiera las conclusiones del concilio, el cual no las tuvo en sus manos hasta el mes de octubre; a su vez, Honorio III no tomó ninguna decisión hasta un año mas tarde.

    En noviembre de 1.225, en la población de Bourges se convocó un nuevo concilio, esta vez organizado por el nuevo legado papal Romà de Sant'Angelo; por parte occitana fue Ramon VII con todos sus señores, y por parte de los franceses Amauric. La jerarquía romana, que se movía según como soplaba el viento, ahora apoyaba los intereses de la monarquía y, además de confirmar la excomunión de Ramon VII, aceptó todas las condiciones impuestas por el rey de Francia al querer que este comandara la Cruzada: la Iglesia tenia que proteger al rey y su territorio además de excomulgar a todo aquel que atacara al monarca, a todo aquel que luchara con el se le tenia que conceder la misma indulgencia que si fuera a Tierra Santa; al final, cuando obtuvo todo lo que pedía, el 30 de enero de 1.226 comandó la cruzada con el soporte de 36 barones franceses y los correspondientes hombres armados.

    Antes de morir el 3 de noviembre de 1.226, Ramon VII se apoderó de buena parte del Llenguadoc. En este momento, la situación en tanto que a tierra conquistada ya no es la misma que antes; ahora, Hubert de Beaujeu, nuevo senescal de Carcassonne por designación de Luís VII rey de Francia, tenia los recursos necesarios para mantener al país oprimido sin tener que depender de la acostumbrada cuarentena Poco a poco, se fue consumando un hecho: el dominio de la corona francesa por encima del Llenguadoc; se trasladó al territorio del Lauragais donde inició el asedio del castillo de Bécède, defendido por Ponç de Vilanova y por Oliver, hijo de Ramon de Termes. Mientras, Ramon VII pidió volver a la Iglesia católica a cualquier precio; al final, lo consiguió el 12 de abril de 1.229 frente al portal de la catedral de Nôtre Dame de París, donde aceptó las condiciones impuestas y que ya se habían planteado el 1 de enero del mismo año en la vecina población de Meaux:

    • Permanecer fiel al rey de Francia y a la Iglesia católica, además de comprometerse a expulsar los Bons Homes de sus tierras.

    • Pagar dos marcos de plata a todo aquel que proporcionase informaciones que permitieran la captura de algún hereje.

    • Mantener la paz en sus territorios, eliminar de ellos a los routiers y no proporcionar trabajo a los sospechosos de relacionarse con los Bons Homes.

    • Devolver a la Iglesia los bienes que tenia antes de la cruzada, junto con una indemnización de 10.000 marcos de plata.

    • Repartir 20.000 marcos de plata entre diversas abadías.

    • Ir a Tierra Santa durante cinco años a luchar por la Iglesia.

    • Tratar como amigos a todos los partidarios de la cruzada.

    • Al no tener ningún hijo varón, se vio obligado a casar a su hija con Alfonso de Poitiers, hermano del rey Luís IX de Francia.

    • Desmantelar las fortificaciones de Toulouse y las de 30 poblaciones mas.

    • Ceder a la corona francesa buena parte de los castillos que aún se sostenían en pie.

    • Reducción del condado de Toulouse a una tercera parte de la extensión que tenia anteriormente.

    Este tratado de Meaux es mas importante del que parece, ya que representa la capitulación total del Llenguadoc con Ramon VII al frente y el final del sueño occitano; tal y como afirma Anne Brenon, «la capitulación de Ramon VII a Meaux-París lo hizo cambiar todo: la Iglesia (catara) se haría irremediablemente clandestina. Se instalará la Inquisición; desde la escuela teológica de la nueva universidad de Tolosa, en manos de los dominicos, se dará soporte a la represión» (Mencionado en Mestre a, p. 219). Como traca final, Ramon VII tuvo que pagar una enorme indemnización de guerra a las abadías del cister de Citeaux, Clairvaux, Granselva, Belleperche y Candeil; ha habido algún autor que ha afirmado que, en el caso de la cruzada, se debería hablar mas de un ajuste de cuentas que no de una guerra contra los albigenses.

    En noviembre de 1.229, Romà de Sant'Angelo convocó en Toulouse un concilio provisional con la asistencia de personal eclesiástico (obispos de Narbonne, Auch y Bordeaux) y civil (Ramon VIII, el senescal de Carcassonne y dos cónsules de Toulouse); en las deliberaciones, diecisiete cánones de un total de cuarenta trataban la persecución de la herejía; por Labal «Las actas del concilio organizan, con el rigor de un detective y la minuciosidad de un copista, la investigación del hereje» (Mencionado en Mestre a, p. 219). De sus conclusiones, las que se refieren a los Bons Homes, podrían resumirse en el esquema siguiente:

    Un hereje es:

    • El Perfecto

    • El adepto o creyente, con consolamentum o sin.

    • Todo aquel que les dé protección.

    • Los sospechosos de «rumor público».

    • Todo aquel que se abstenga de comulgar al menos tres veces al año.

    • Todo aquel que demuestre poco interés en la búsqueda de los Bons Homes.

    Para luchar contra ello hay que:

    • Los hombres mayores de catorce años y las mujeres de mas de doce tienen que jurar que denunciarán a los herejes que conozcan.

    • Se creará una comisión por cada parroquia, formada por el rector y tres feligreses.

    • Cuando se encuentre a un hereje, este será librado al obispo, y su casa o refugio quemado.

    Para castigarlos:

    • Se les prohíbe que ejerzan de alcalde o de médico.

    • Aquellos que abjuren de su fe, serán desterrados y se les obligará a llevar dos cruces en sus vestimentas.

    • Los herejes que no abandonen voluntariamente su fe serán condenados a penas de prisión.

    Como anécdota hay que decir que se prohibía tener cualquiera de los dos Testamentos y solo se autorizaba el salterio, el breviario y las horas de la Virgen Maria; eso sí, siempre y cuando no estuvieran escritos en lengua vulgar.

    Romà de Sant'Angelo podría considerarse como uno de los padres o impulsores de la Inquisición; por esta época, este tribunal de nefasta memoria hizo un giro de 180º; antes, la institución de los procesos contra los herejes iba a cargo de los obispos y curas; mas adelante, la capacidad inquisitorial se concedió en exclusiva a la Orden de los Dominicos, los cuales solo tenían que dar cuentas frente al papa, la única autoridad que podía modificar o anular una sentencia suya. Este cambio tuvo una mayor importancia de lo que pueda parecer a simple vista, ya que «este poder absoluto, concedido a unos hombres con un fuerte fanatismo, hizo mas para la extirpación del catarismo en Occitània, que no las cruzadas mortíferas y mas costosas» (Niel, p. 95)

    Después de estos hechos, en el Llenguadoc empezó a organizarse una especie de resistencia clandestina alrededor de dos núcleos principales: Montségur y el vizcondado de Fenouillèdes en la frontera del Rosselló. En el año 1.232 los Bons Homes se reunieron en un concilio en Montségur, durante el cual se consiguió, que Ramon de Perella, después de pensárselo mucho, aceptara convertir el pog en una especie de refugio para todos los Bons Homes; las dudas de Ramon de Perella se basaban en saber si, a pesar de sus poderosas defensas naturales, podrían resistir el asedio por parte de dos potencias tan fuertes como eran la Iglesia y Francia. Mientras, aprovecharon los tesoros guardados en el subsuelo de la fortaleza para reforzar la guarnición; paralelamente, en la montaña santa llegaron numerosos peregrinos que querían oír los sermones de los Bons Homes.

    El vizcondado de Fenouillèdes basaba su resistencia en un cinturón de castillos prácticamente inexpugnables que lo protegían: Puylaurens, Fenouillet, Peyrepertuse y Quéribus; además, también hay que tener presente que su proximidad con los Pirineos hacia que, al ser vasallo de Jaime I, los senescales de San Luís de Francia no viesen claro el llevar a termino un ataque, ya que esto supondría enfrentarse a una potencia extranjera. Fuera de estos castillos los Bons Homes tuvieron que refugiarse en los bosques y grutas de los cuales solo salían, siempre con una buena escolta, para consolar a algún moribundo en el Carcassés o los alrededores de Carcassonne.

    Para luchar contra la herejía, el papa Gregorio IX, sucesor de Honorio III inició en el Languedoc la Inquisición, y el 20 de abril de 1.233 se decide que se instalen inquisidores pontificios; estos tenían que elegirse entre la orden de los predicantes; para llevar a término la represión inquisitorial, Gregorio IX nombró Joan de Bernin, el cual, a la vez, designó Arnau Catalán para la diócesis de Albí, y Pere de Seila y Guillem Arnau para la de Toulouse, todos ellos dominicos; su tarea no era nada agradable, y bien pronto se ganaron tanto la antipatía del pueblo llano como la de los señores occitanos. Fue tan grande la represión llevada a término, que cuando Guillem Arnau denunció a doce tolosanos, Ramon VII, con el soporte de la población, se enfadó y expulsó a los dominicos de Toulouse. Ante la respuesta del conde, Arnau volvió a excomulgarlo, y el legado lo ratificó; pero el papa Gregorio le levantó la excomunión y lo obligó a aceptar a los dominico en el convento de Toulouse, al mismo tiempo que les pedía que fueran más prudentes; los inquisidores, por su lado, no hicieron caso de las recomendaciones papales y continuaron haciendo de las suyas como exhumar cadáveres para pasearlos por el pueblo, y quemarlos en un prado próximo a la residencia de Ramon VII, el cual se lo tomó como un insulto personal; el conde envió nuevos emisarios a Roma protestando por el que él creía que era una vejación, y la respuesta papal no se hizo esperar: el 13 de mayo de 1.238 ordenó a Guillem Arnau que durante tres meses se parara toda actividad del Tribunal de la Inquisición; por suerte para el Languedoc, la tregua duró unos tres años, hasta que volvemos a encontrar pruebas de actividades inquisitoriales en unos documentos del mayo de 1.241, un mes más tarde que muriera el papa Gregorio IX.

    En estos momentos, la Iglesia de los Bons Homes se fue adentrando cada vez más en un proceso de clandestinidad; muchos de sus miembros se van a ir hacia Lombardia y, en cambio, pocos a Cataluña, cuando, por la proximidad territorial, habría tenido que ocurrir el contrario; la explicación de este hecho es muy sencilla: mientras en Cataluña el rey Jaume I había proclamado en un edicto, muy aplaudido por Roma, contra los denominados herejes, en Italia las ciudades defendían su independencia frente al papado; esta última era una relación simbiótica, regido por un interés mutuo, puesto que «todo lo que significara ir contra los deseos de la Santa Sede era bien recibido por los señores italianos; todo lo que representara un enfrentamiento contra la Iglesia católica era bueno para los cátaros» (Mestre en, p. 223)

    La situación era muy propicia para cultivar las «relaciones diplomáticas internacionales», y en esto Ramon VII era un maestro, una característica muy propia de su dinastía, una estirpe caracterizada por sus dotes de intrigantes. El conde tenia mucho miedo a las consecuencias del nefasto tratado suscrito en Meaux y legalizado en París en el año 1.229, por el cual a su muerte sus posesiones y bienes pasarían a su hija casada con el rey de Francia. Para asegurar la línea sucesoria hacia falta un hijo barón, y como que su mujer Sança de Aragón no le había dado ninguno, solicito la disolución del matrimonio; mientras, prometía en matrimonio a su hija con Huc de Lezignan, conde de la Marche y familiar de Enrique III de Inglaterra; al mismo tiempo que hacia pactos de alianza con el propio rey de Inglaterra, Ramon Trencavel, Jaume I, el conde de Foix, el de Comminges, y los reyes de Castilla y Navarra; ahora, la situación era la propicia para intentar un golpe de efecto, y este fue el hecho conocido con el nombre de «Degolla de Avinyonet (* Avignonet, "Directorio de poblaciones").

    En el verano de 1.240, en la zona de las Corbières sus habitantes vieron como de golpe se movilizaba un ejercito reunido en secreto en el vizcondado de Fenouillèdes; estaba integrado por faidits del vizcondado de Carcassonne y Béziers, los señores de Termes, Fenouillet, Mirepoix, Villeneuve, Saissac, Pierrepertuse, Serrelongue y Capendu; además de un importante cuerpo de infantería catalán con un equipamiento de asedio completo; este ejercito estaba comandado por Ramon Trencavel.

    El capitoste de esta tropa cometió un error táctico, ya que en lugar de aprovechar el efecto sorpresa y atacar Carcassonne, perdió un tiempo precioso conquistando los castillos que había por la zona, muchos de los cuales le abrieron las puertas sin tener que luchar: Limoux, Montolieu, Saissac, Montréal,...; este tiempo que perdió tomando la migajas y dejando el plato en la mesa, a Guillaume-des-Ornes le fue como anillo al dedo, ya que tuvo suficiente tiempo como para reforzar sus posiciones en la Cité, almacenar alimentos preparándose para un largo asedio y para mandar una carta a París pidiendo refuerzos al rey de Francia.

    El asedio fue muy violento y sus consecuencias aún pueden verse en la parte de las fortificaciones que no fueron reconstruidas por Felipe el Atrevido de Francia:

    ...«Todos los medios de que disponían para atacar una plaza fuerte salieron a escena. Las minas, principalmente, estuvieron a punto de decantar la balanza. Grandes trozos de muralla se enderrocaron y las torres temblaron en sus bases. Los asaltantes se precipitaron hacia los agujeros abiertos en los muros, pero los defensores, prevenidos por los ruidos de los trabajos subterráneos, habían tenido el tiempo de alzar nuevas defensas»...
    (Niel, p. 100)

    Mientras, se estaba acercando a marchas forzadas un ejercito comandado por Jehan de Belmont, chambelán de Luís IX; cuando Ramon de Trencavel se dio cuenta ordenó otro ataque por todos los flancos, pero fue muy bien rehusado por los defensores y el 11 de octubre de 1.240 tuvo que alzar el asedio; en su retirada cometió un segundo error táctico: en lugar de ir a refugiarse entre las montañas de las Corbières, creyó oportuno dirigirse hacia el oeste y pedir protección al condado de Toulouse; a medio camino se encontró con Jehan de Belmont y no le quedó ninguna otra posibilidad que refugiarse en Montréal; las fortificaciones de la villa no hubieran podido resistir un ataque demasiado fuerte, y los condes de Foix y de Toulouse fueron al campo de batalla para pedir al jefe del ejercito francés que fuera benévolo con el vizconde de Trencavel; aquí, y en otras situaciones similares, se notó que Simó de Montfort ya no estaba, y que habían cambiado las pautas de conducta hacia los vencidos: Ramon Roger pudo retirarse a Cataluña con el armamento, sus enseres y equipaje y los restos de su ejercito.

    Detrás del ejercito derrotado, Jehan de Belmont fue bajando hacia los Pirineos hasta llegar al pie del territorio de las Fenouillédes; de camino se fue apoderando de las fortificaciones que se encontraba a su paso: Limoux, Alet, La Roque de Fa,..., hasta llegar a Pierrepertuse;

    ...«Los campamentos no se podían establecer mas que a una altura inferior a los 300 o 400 metros de las fortificaciones. Solo unos pocos destacamentos hubieran podido subir por las abruptas pendientes de una gran montaña dominada por un vertiginoso espadado, a la vez coronado por las murallas y los donjons. Solo el hambre, la sed o la traición hubieran podido hacer capitular esta fortaleza, una de les mas aéreas del Llenguadoc-Rosselló»...
    (Niel, p. 102)

    Como el ataque parecía muy difícil, Jehan de Belmont prefirió negociar y así obtuvo el 16 de noviembre de 1.240 la rendición de Guillem de Peyrepertuse a cambio de perdonarle los «errores y faltas» cometidos en el pasado y de alguna otra compensación; posteriormente, fue conquistando otros asentamientos; en el decurso de estas campañas no se registro ningún Bon Home detenido ni quemado en la hoguera; este vuelve a ser otro testimonio que nos ilustra muy bien de como hubo un cambio de «pautas de conducta» en el ejercito real después de la muerte de Simó de Montfort; la desaparición de este funesto personaje marca un antes y un después; antes no había supervivientes y los Bons Homes eran quemados; después, se respetaron los derechos de los vencidos y, por lo a que a los Bons Homes se refiere, «es probable que (...) caballeros devotos se encargasen de hacerlos franchir el bloqueo del ejercito real» (Niel, p. 102)

    El 14 de marzo de 1.241, en la población de Montargis tuvo lugar una reunión entre Luís IX y Ramon VII; este ultimo renovó el pacto de fidelidad al monarca y le prometió atacar Montségur, pero se limitó a hacer una especie de parada militar y a decir que la fortaleza era inexpugnable; esto no le impidió que durante los meses siguientes fuera urdiendo un proyecto para enfrentarse a la corona francesa; una vez consiguió hacer entrar en un pacto de alianza a los reyes de Castilla, Navarra, Cataluña, y Enrique III de Inglaterra; una vez conseguido esto, reunió a los nobles de su territorio y les comunicó su intención de denunciar el tratado de Meaux y de desatarse definitivamente de sus condiciones. Esto fue muy aplaudido por la población local, la cual «solo esperaba la señal de la revuelta. Lo tuvieron como un nuevo coup de tonerre: la Degolla de Avignonet» (* Avignonet, "Directorio de poblaciones").

    En mayo de 1.242, Arnaud Guilhem de Montpéllier y Etienne de Narbonne iban a la población de Avignonet para participar en un tribunal local contra Bons Homes; entre los once miembros de este tribunal se ha podido documentar la presencia de Bernard de Roquefort, Garsias d'Aure, Ramon Carboneri, Ramon de Costiran (canónigo regular de la catedral de Saint-étienne en Toulouse), un notario y algunos huissiers. Todos ellos se estaban alojados en el castillo de Avignonet, comandado por Ramon d'Alfar, bayle de Ramon VII. Del castillo se hizo llegar un mensaje a Montségur avisándoles de la llegada de los inquisidores; inmediatamente, Pere Roger de Mirepoix reunió a unos cincuenta hombres y se dirigió hacia Avignonet para dar muerte a los inquisidores.

    Como ya se ha dicho antes, la «Degolla de Avignonet» fue el hecho que inició un proceso de recuperación de la identidad occitana. Con la ayuda de Ramon de Trencavel, y en poco mas de tres meses, recuperó los territorios del Rasés, Termenés, Minervois, entro en Narbonne y se invistió con el titulo de duque de esta ciudad que antiguamente habían tenido sus antepasados. Pero no todo era coser y cantar. Los ingleses, comandados por Enrique III que había desembarcado en Royan, fueron derrotados por Luís IX de FRancia en Taillebourg (20 de julio de 1.242), en la Charente el 22 de julio, y en Saintes (24 julio) y se volvieron a casa; además, Jaume I y Roger IV de Foix, parece ser que escandalizados por los hechos de Avinyonet, le retiraron el soporte. Al verse perdido, Ramon pidió perdón al rey de Francia, firmó la paz en Loris (octubre de 1.242) y renovó el homenaje a la corona en París en enero de 1.243.

    Ramon VII propuso ser el mismo quien eliminara la herejía del territorio, pero el nuevo papa Inocencio IV no lo aceptó y, además, confirmó que los dominicos tenían las manos libres para llevar a cabo esta función.

    ...«con los franceses dominando el país, con los inquisidores como conejeros detrás de los perfectos, creyentes y simpatizantes, el final de la herejía será, ahora, una simple cuestión de tiempo»...
    (Mestre en, p. 225)

    Desde hace mucho tiempo, Montségur y el supuesto tesoro que los Bons Homes habían enterrado entre sus muros han entrado en el mundo de la leyenda y de los mitos; han dejado también su granito de arena una serie de libros que se han escrito sobre la cruzada y sobre el Grial, y que han hecho que el gran publico en general empiece a interesarse por el mundo y la sociedad de los Bons Homes o cátaros; entre estas obras, tendríamos que mencionar "Croada contra el Grial", escrita por Otto Rahn; todo y estas fantasías, hay que tener muy claros los hechos que realmente ocurrieron en Montségur para no confundirlos «con las mitificaciones medievales, las leyendas basadas en hechos reales, que frente las casas occitanas, unos hombres y unas mujeres se han ido explicando año tras año, dándonos así la versión popular de unos acontecimientos, que ellos aún sienten en el fondo de su corazón» (Mestre en, p. 228).

    A principios de mayo de 1.243, los habitantes de Montségur vieron como se acercaba un ejercito de cerca de diez mil soldados con los estandartes de Hugues de Arcis, senescal de Carcassonne, y de Pierre Amiel, arzobispo de Narbonne y jefe religioso de esta nueva cruzada. Los atacantes plantaron su campamento formando una elipse alrededor de la montaña, menos por el este; en este lugar, la fortificación estaba protegida por un profundo tajo de origen fluvial; a causa del terreno, los diversos asentamientos de los cruzados podían estar separados los unos de los otros por un desnivel de 400-500 metros; esto, junto con una robusta palissade de madera que rodeaba los espadados, hizo que durante los seis meses posteriores al inicio del asedio l situación cambiara muy poco.

    En el recinto fortificado de Montségur se calcula que había entre cuatro y quinientas personas entre diacas «cátaros» (Ramon Agulher, Pere Bonnet, Amiel Aicart, Pere de Sant Martí, etc) que reconocían la autoridad espiritual de Bertrand de Sant Martí (sucesor de Gilabert de Castres), unos cincuenta Perfectos, la guarnición (una quincena de caballeros con sus escuderos y un centenar de sergeants d'armes) comandada por Pere Roger de Mirepoix, un grupo de personas perseguidas por la Inquisición, y Ramon de Perella con su familia y sus correspondientes servidores.

    ...«El monte o pog de Montségur es un enorme bloque calcáreo de cerca de un km de largo y una anchura que va de los 300 a los 500 metros. Este bloque se inclina bastante hacia el este para formar un espadado muy "escarpé", estando el mismo en la cima de los acantilados verticales. En la vertiente meridional, hay una especie de diaclasa oblicua, que empieza en el terreno accesible y llega hasta este altiplano, a menos de 150 m del castillo (...)

    Al este de la fortaleza propiamente dicha, la plataforma sommitable se prolonga por una cresta, no mas ancha, que domina al norte y al sur formidables espadados verticales, de más de 100 m de altura. Esta cresta no estaba fortificada, excepto la parte que mira a la vertiente meridional, pero una barbacane, conocida como "torre del este", cubría su extremo»...
    (Niel, p. 110)

    El asedio de Montségur hubiera durado mucho tiempo si los cruzados no hubiesen disfrutado de la traición de un guía que, conociendo un camino secreto, llevó a un grupo de hombres con armamento ligero hasta la base de la barbacane donde masacraron la escasa guarnición que había; esto fue aprovechado por unos montarazes vascos que estaban esperando y que se hicieron dueños de la posición; dice la leyenda que cuando vieron a la luz del día el camino que habían hecho la noche anterior se les heló la sangre de la venas.

    Montségur había pasado a ser el refugio de la Iglesia de los Bons Homes, y esto lo sabia muy bien Huc d'Arcis, senescal de Carcassonne, cuando en mayo de 1.243 llegó al pié de la montaña de Montségur e inició un asedio con todas las de la ley; Gilabert de Castres y se lo esperaba, y en el interior del castillo acumuló una gran cantidad de provisiones y llenó las cisternas de agua; aunque estaban asediados, la barrera de los cruzados era muy permeable, lo que permitió un trafico constante de mensajeros e, incluso de alimentos y refuerzos; durante los primeros meses, los asaltantes intentaron diversas veces llegar al castillo, pero siempre fueron rehusados por los asediados; al final, tuvieron que recurrir a montarazes vascos que durante la noche escalaron la montaña y se instalaron en una plataforma des de la que facilitaron la llegada de la tropa a pié del castillo; cuando consiguieron ocupar la torre oriental la situación cambió mucho; con esta conquista de los montarazes vascos se giró la tortilla, y la situación fue muy propicia para los intereses de los cruzados; los asaltantes pudieron instalar a unos 80 m del castillo una catapulta capaz de lanzar al interior del castillo piedras de 60-80 libras; frente al panorama y de forma consensuada con las autoridades de la Iglesia de los Bons Homes, se ordenó la evacuación del tesoro de Montségur; la noche siguiente a la muerte en la hoguera de los 210 Bons Homes de Montségur, Pere Roger de Mirepoix ordenó que tres Bons Homes (cuatro según Niel) que se habían escondido en un subterráneo del castillo se descolgaran por la gran pared occidental con la ayuda de unas cuerdas; de estos 3/4 personajes solo se conoce el nombre de dos de ellos: Mateu y Pere Bonet, este ultimo diaca «cátaro» de Toulouse; huyeron del castillo, gracias a la complicidad de algunos centinelas cruzados, llevándose consigo una gran cantidad de oro, plata y monedas, dando pie al nacimiento de la leyenda del tesoro de Montségur; no se sabe a donde fueron, es un misterio que aún hoy en día nadie a podido descifrar. Por lo que nos cuentan las crónicas, llegaron al castillo de Usson (Donnézan), donde reclutaron a un grupo de hombres armados que, acaudillados por Corbario, un atrevido jefe de routiers catalanes, tenia que llegar hasta el pie de Montségur y enfrentarse a los cruzados; pero no pudieron llegar porque durante la noche cayeron al fondo de la hoya de Lasset.

    Mientras por parte de los Bons Homes se trataba de conseguir ayuda del exterior, el obispo de Albí "bombardeaba" la fortaleza con las piedras que lanzaban sus catapultas; con todo esto, el asedio aún duró dos meses mas.

    Frente a la situación tan desesperada, Arnau Roger de Mirepoix y Jordà de Perella negociaron el 1 de marzo de 1.244 con Huc d'Arcís la rendición del castillo con las siguientes condiciones:

  • Después de librar los rehenes a los asaltantes, a los defensores de Montségur se les daba un plazo de quince días para prepararse para la rendición; probablemente, los Bons Homes querían celebrar una fiesta maniquea en torno al equinoccio de primavera.
  • Se perdonaban las faltas cometidas en el pasado.

  • Los soldados se podían retirar con todas las armas y bagajes, pero tenían que presentarse frente a la Inquisición y solo se los podía condenar a penes ligeras.
  • El castillo de Montségur pasaba a formar parte de la corona francesa.

    Huc d'Arcis respetó estas condiciones, ya que era un hombre de palabra y no como el sanguinario Simó de Montfort; les dejó los quince días que le habían solicitado para prepararse para la rendición. Los perfectos y creyentes que no querían renunciar a su fe sabían que serian condenados a la hoguera y aprovechaban el tiempo para despedirse de aquellos con los que habían convivido estrechamente durante cerca de un año y repartieron sus bienes entre aquellos que podrían salir del castillo indemnes. El domingo 13 de marzo, una veintena de personas pidieron recibir el consolamentum, conscientes de que irían a la hoguera. Los cronistas de la época nos han transmitido los nombres de algunas de estas 210 personas que el 16 de marzo de 1.244 prefirieron esta tipo de «suicidio ritual» antes que renunciar a su fe; es el caso de Guillermina Aicart o Corba de Perella que renunciaron a esposo e hijos; los caballeros Guillem de Lahille, Brezilhac de Cailhavel, Guillem de Marsella, y Bernat de Sant Martí; los sargentos Guillem Garnier y Arnau Teuly de Limoux; Pons Narbona y Arsendis, su mujer; Arnau Domergue y su mujer Bruna; Esclarmonda de Perella, su abuela Marquisa Hunaud de Lara y su madre Corba.

    El miércoles 16 de marzo se inició la evacuación del castillo; justo antes de partir, los Bons Homes decidieron que tres perfectos se escondieran en algún subterráneo y se escapasen mas tarde salvando los documentos y lo que quedaba del tesoro; a través de las crónicas se ha podido conocer el nombre de dos de ellos, pero nada se sabe del tercero: eran Amiel Aicart y Huc Poiteví.

    Al llegar al pie de la montaña se encontraron con la pira preparada en el prado conocido hoy día con el nombre de "Prat dels Cremats"; de los hechos que se sucedieron tenemos una muy gráfica descripción en la crónica que hizo Puigllorenç:

    ...«los herejes revestidos, hombres y mujeres, eren cerca de doscientos. En medio de ellos Bertran Martí, al que habían hecho su obispo. Habiendo rehusado a convertirse como se les había invitado a hacer, fueron quemados en un cercado de palos y piedras donde se hizo fuego, y pasaron directamente al fuego del infierno»...
    (Citado en Mestre en, p. 236)

    Guy II, mariscal de Levis, obtuvo del rey de Francia el castillo de Montségur un año después de su rendición; lo reconstruyó y hechó abajo los habitages que había adosados a el.

    Una vez conquistado el castillo de Montségur, la Iglesia de los Bons Homes y la resistencia occitana estaban vencidas pero no derrotadas; aún quedaba un núcleo de resistencia importante en la zona de las Fenouillèdes alrededor del castillo de Quéribus; junto con este castillo también se disponía de otros por la zona de las Corbières y, mas allá, los de Puylaurens y Fenouillet, lo que conformaba uno de los sistemas defensivos mas formidables de esta época. La zona había estado bajo la tutela de Pere, vizconde de Fenouillet, sucedido por hijo Huc de Saissac, el cual a su vez fue sucedido por Chabert de Barbera, su lugarteniente. Esta era una zona muy codiciada por los franceses y en este interés parece ser que tenían un mayor peso especifico los motivos de orden estratégico y político (apoderarse del conjunto de castillos y fortalezas) que no los de cariz religioso y espiritual (eliminación de los últimos refugios de herejes).

    Por esta época., San Luís estaba construyendo una nueva línea de fortificaciones alrededor de la ciudad de Carcassonne, y si conseguía incorporar a la corona francesa los castillos de Aguilar, Fenouillet, Pierrepertuse, Puylaurens y Quéribus, obtenía así un formidable cojín de seguridad que protegía la Cité de cualquier posible ataque exterior. Para acabar de completar esta línea defensiva, quedaban por conquistar Fenouillet, Puylaurens y Quéribus, ya que el castillo de Aguilar lo había rendido Oliver de Termes, y el de Pierrepertuse se había obtenido después de las hábiles negociaciones llevadas a cabo por Jehan de Belmont.

    Todo y el interés mostrado por los senescales franceses por conquistar la zona, tuvieron que esperarse unos años, ya que San Luís había ido a Tierra Santa a luchar contra los sarracenos (1.248-1.254) y Blanca de Navarra, su gran aliada, había muerto el 1 de diciembre de 1.252. Además, Jaume I el Conquistador no veía con buenos ojos que los franceses se instalaran en estas fortalezas que dominaban su territorio. Estos tres hechos hicieron que los franceses tuvieran que esperar unos años en acabar la conquista de los nombrados castillos.

    El asedio del castillo de Quéribus empezó en el 1.255 y fue dirigido por Pierre d'Auteuil; este último se encontró con graves dificultades para poder reclutar el contingente de hombres necesarios para iniciar el ataque, ya que los prelados occitanos le negaron la ayuda solicitada; al no poder disponer de los hombres que quería, protestó frente a San Luís, el cual lo único que pudo hacer fue prescire al senescal de Beaucaire que fuera a ayudar a su colega de Carcassonne; de hecho, no era un asedio que necesitara un elevado contingente de hombres - con un millar era suficiente -, pero en julio de 1.255 el rey de Cataluña, Jaume I, fue a Montpéllier para sofocar una revuelta; con esto, Pierre de Auteuil se encontró aislado y sin poder contar con ayuda exterior, lo que motivó que en el otoño de 1.255 se alzara el asedio.

    Una vez mas en la historia de la cruzada contra la Iglesia de los Bons Homes un castillo, el de Quéribus, fue conquistado después de una traición; por esta época., llegó al territorio Oliver de Termes, hijo de Ramon de Termes, y sobrino del célebre obispo «cátaro» Benoît de Termes, después de luchar en Tierra Santa contra los sarracenos; fue tan grande el valor que demostró, que el propio San Luís lo incorporó en el núcleo de sus amigos. Como conocía muy bien la zona de les Corbières, no le costó demasiados esfuerzos capturar Chabert de Barbera en un guet-apens, el cual rindió su castillo a cambio de ver perdonada su vida.

    Con la hoguera de Montségur y la caída en 1.255 del castillo de Quéribus concluye la historia de la Iglesia de los Bons Homes o Cátaros y la ocupación francesa de Occitania.

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